HOME

BITÁCORA

OMM

Soñar, entre la inmoralidad y la censura

Domingo, 10 Agosto 2008

 
 

Soñar, entre la inmoralidad y la censura

Soñar. Esa actividad tan inerte y a la vez tan intensamente activa. El mundo de los sueños, tan lejano, tan ajeno y tan absolutamente personal. ¿Quién podría asegurar que soñar no es parte de la realidad, quién podría asegurar lo contrario?.

Nuestro cerebro almacena información sin pedirnos permiso, para presentárnosla después en forma de antojos o temores, de ideas o sueños.

Información que se guarda en las profundidades del oscuro subconsciente, oculta, silenciosa, aguardando corrientes que la lleven a la superficie de la conciencia, a la luz de la vigilia, al ámbito donde rige la voluntad.

Pero para cualquier dato emerger y cruzar el umbral es un proceso generalmente complicado y turbulento, donde cada impresión de la realidad que se quedó guardada es sacudida y arrastrada por fuerzas contradictorias; desde el fondo, los deseos e instintos empujan hacia arriba con potencia salvaje aquello que puede alimentar nuestra voluntad, valiéndose de nuestra permanente necesidad de decidir, de descubrir. Desde la superficie, un manto de razón blinda el paso hacia la luz. Un vigía bloquea y empuja de regreso todo lo que puede alterar nuestro sistema moral, ideas demasiado excitantes, deseos demasiado depravados, emociones demasiado desbordadas, arranques demasiado violentos, comportamientos demasiado alborotados.

Un proceso de permanente ajuste, que en teoría funciona bien cuando logra conservar el equilibrio. La mesura, la paciencia, la tolerancia, la sobriedad, son triunfos de la conciencia.

Se supone que nuestra civilización funciona mejor cuando nos comportamos de manera responsable y controlada, existen muchos indicios para pensarlo; pero nuestra civilización se mantiene en movimiento sólo mientras estamos despiertos, poco podemos hacer una vez que caemos dormidos.

En cuanto despertamos nos ponemos a trabajar y a luchar por sobrevivir, estudiamos y batallamos por crecer, nos dedicamos y nos comprometemos con nuestras responsabilidades mientras nos dure la energía. Nos mantenemos enfocados en lo que debemos hacer hasta que el sol comienza a caer. Entonces algo pareciera “despertarse” muy dentro, algunos deseos rompen la superficie y se nos antoja ver la tele,

ir al cine, una cenita en un restaurante rico, aunque cueste caro, no importa, nos lo merecemos. Vamos al cine, a reunirnos con amigos, a chupar con los cuates, qué importa. Y conforme nos cubre la noche y el alcohol, nos emociona la posibilidad de dedicar nuestras últimas baterías a tener sexo hasta caer desfallecidos en la oscuridad de la inconsciencia.

Afortunadamente el preámbulo del sueño no siempre es así, bueno afortunada o desafortunadamente, dependiendo de la hora del día en la que contemplemos este plan. Pero lo que definitivamente siempre es igual, es que aun cuando hayamos contenido a los demonios, en cuanto cerramos los ojos y quedamos dormidos, se libera nuestro interior, se apaga nuestra voluntad motriz y mental, y la conciencia se convierte en un mero invitado sin plenos derechos, que sólo asiste a la fiesta mientras dura el estado REM (Rectilinial Eyes Movement) del sueño.

Mil sensaciones explotan en forma de imágenes que de inmediato se desvanecen y se suceden con otras imágenes, mientras nuestro torpe razonamiento intenta ordenar y dar coherencia a nuestras oníricas reacciones. Escenarios imposibles que parecen cosa normal nos retan a decidir en medio de situaciones dignas de cualquier manicomio. Nuestra debilucha voluntad es burlada por nuevas escenas y situaciones del absurdo que nos dejan abandonados con nuestros más auténticos miedos, deseos y caprichos. Cuando nos esforzamos por mantener la moral responsable y vertical en medio de un sueño, sólo hacemos evidentes los flancos más conflictivos del Súper Yo. Freud explica este proceso con aproximaciones interesantes sobre la latencia y condensación de los sueños, pero cuando entra en el tema simbólico pareciera demasiado tajante la manera en que se supone debemos interpretar los sueños de todo mundo.

Para entender mejor lo que ocurre en nuestro cerebro mientras dormimos hay una muy clara explicación en suenoslucidos.com Pero entender lo que ocurre en nuestra mente mientras soñamos es algo que tal vez sólo podemos averiguar cada quien en la intimidad de nuestro ser.

Hay sueños recurrentes. Lugares, personas o situaciones que a fuerza de repetirse terminan llamando nuestra atención diurna. Por placer o angustia extremos, llevamos las impresiones oníricas al terreno de la vigilia. Cuando nuestro Yo profundo se hace escuchar a gritos, a veces logra abrirnos los ojos.

Si alguien nos dijera en medio de un sueño, por absurdo que este sea, que estamos soñando, lo mandaríamos a freír espárragos (y tal vez se iría a freírlos). Porque los sueños pueden ser muy reales y a veces la realidad, no tanto. Reconciliar ambos estados es la tarea interminable de nuestra existencia.

Mucho hay de verdad en la idea de perseguir los sueños sin importar los obstáculos. Si no lo haces, ten por seguro que tarde o temprano, ellos te perseguirán a ti.